Semana Negra.
Filed Under (La cosecha de Samhein) by jacotrina on 23-07-2009
El domingo regresé de la Semana Negra de Gijón y, tras un breve descanso, vuelvo a la carga con la corrección de la segunda parte de la trilogía y, por supuesto, con las entradas para este blog; a pesar del verano y del asfixiante calor pretendo seguir con la tónica de escribir al menos dos por semana.
En unos días aparecerá la tercera entrega sobre los protagonistas de la saga, pero hoy, con vuestro permiso, voy a centrarme en la Semana Negra, en esos diez días mágicos que he vivido allí y que me niego a calificar como irrepetibles porque los locos maravillosos que organizan aquello tienen la intención de seguir haciéndolo durante muchos años y pretendo acercarme siempre que pueda.
En tiempo objetivo, ya digo, han sido diez días, pero en tiempo relativo me han parecido muchos más. Ha sido un constante no parar, actos todos los días, la mayoría como público y otros como participante, y no sólo durante la jornada propia de la Semana Negra, las noches tampoco parecían terminarse nunca en la terraza del Don Manuel, el hotel que es la sede oficiosa de la Semana Negra, donde nos reunimos todos para charlar hasta las tantas.
Es complicado describir la Semana Negra, ya lo intenté cuando anuncié que asistía y ahora que he estado inmerso de verdad en ella todavía me resulta más complicado hacerlo; para saber lo que es realmente hay que vivirla, no hay otro modo. Si me pusiera en plan económico y tuviera que elegir una única palabra para describirla, escogería “hermandad”, porque ésa es la sensación más palpable que flota esos días. La cultura se baja del pedestal donde unos cuantos se empeñan en subirla y se hermana con el ocio puro y la diversión, y no pierde un ápice de calidad ni de respetabilidad por ello, al contrario, está donde debe estar: entre la gente, entre toda la gente sin distinciones, como debe ser. Y luego está la hermandad entre la gente que participa en ella: escritores, público asistente, ilustradores, libreros, organizadores, periodistas… No hay separación entre unos y otros más allá de las atribuciones puntuales a las que tiene que responder cada uno en determinados momentos. No hay nadie mejor que nadie, no importa que uno venga con la decimoquinta novela premiada bajo el brazo o acabe de llegar con su primera novela, da igual. A todos se les trata del mismo modo.
¿Qué he hecho allí durante estos días? Uf. Si tuviera que hacer una relación exhaustiva de todo, coparía por completo el blog durante un montón de entradas y no es plan.
Así que aquí va un rápido resumen, incompleto, inconexo y desordenado, de sucesos y aconteceres variados.
He viajado en el Tren Negro de Chamartín a Gijón, rodeado de escritores cantores y cantores escritores, haciendo escala en Mieres, donde nos dio escolta una patrulla de gaiteros. He participado en dos tertulias sobre muertos vivientes y he presentado La cosecha de Samhein, esta vez junto a Carmen Pila, que ya me acompañó en Santander, y a Elia Barceló (¡Qué honor!); ha sido mi presentación más concurrida y una de las que más he disfrutado. Ese mismo día participé, de nuevo junto a Elia y a otros escritores de literatura fantástica (Susana Vallejo, Víctor Conde y Antonio Dyaz), en una charla sobre las nuevas voces del género fantástico. Lo curioso del tema es que yo de voz más bien poca: tenía la garganta destrozada y tuve que reducir al mínimo mis intervenciones para no asustar al personal. Parecía un orco con ínfulas.
Me he comprado un montón de libros, la mayoría dedicados por sus perpetradores, y me he comido el mejor gofre del mundo, he escuchado un recital de poesía a la una de la mañana, con una cerveza en la mano, mientras se oía el murmullo de la gente y la feria. He cantado —de forma horrible, lo confieso— en un karaoke y me he disfrazado de pirata con pollo amarillo al hombro porque no quedaban loros. He dormido poco. He regalado libros, me los han regalado, y he participado en El Libro. Me he reencontrado con gente a la que hacía años que no veía y poco ha importado, los lazos seguían allí; y he conocido personas que en poco tiempo se han convertido ya en inolvidables para mí. Me he reído de los erizos desconcertados y de las culebras perplejas y durante diez días un montón de carpas blancas se han convertido en mi hogar. En la Semana Negra he sentido que formaba parte de algo grandioso y ya sólo por eso merece la pena escribir.
Y aquí os dejo una selección de fotografías diversas. Espero que las disfrutéis.
Y el año que viene, si podéis hacerlo, no lo dudéis: a la Semana Negra, de cabeza.

























Júbilo y diversidad, qué chulas. La verdad es que en estos aconcimientos se viven tanto y tan intenso que se cumple aquello de que ‘una imagen vale más que mil palabras’ (bueno, si son cosecha de JAC, mil palabras equivalen a 783)
¿Pero dónde está la foto de pirata con el pollo amarillo? Por fa…
Buenas, Uwe
El pollo amarillo no me ha dado permiso para publicar su foto en web, así que, sintiéndolo mucho, no he podido subir fotos de mi disfraz.