Cómo empezó todo

Filed Under (Delirios) by jacotrina on 07-08-2009

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Se podría decir que mi vocación de escritor nació con un cinexín, un cinexín estropeado de hecho. Yo tendría once o doce años. Era el regalo de reyes que me iban a hacer mis padres, sólo que no pudieron contenerse y decidieron que el niño tenía que verlo en funcionamiento la noche antes. Para los que no lo sepan, un cinexín es un proyector de cine que pones en funcionamiento accionando una manivela. En aquel tiempo teníamos una habitación vacía en casa y allí lo prepararon todo. Pero la cosa no funcionó cómo esperaban. El juguete estaba roto. Recuerdo que la película que se proyectaba contra la pared blanca era de Sandokán, pero algo no iba cómo debía y la culpa era del proyector. Así que tocó ir a devolverlo. Y por una vez tuve la oportunidad de escoger el regalo que quería para reyes. Y no me costó decidirme mucho. En cuanto la vi supe que la quería: era una caja de airgam boys del espacio. Venía con dos aguerridos soldados espaciales, una enfermera y un maravilloso robot que disparaba botones por el pecho. Era el juguete ideal.

Jugué con ellos durante meses. Vivían las más insólitas aventuras en las dantescas cuevas entre los sofás, en la tupida y enmarañada selva de la alfombra o en las insondables profundidades  que se ocultaban bajo las camas. Cualquier lugar era bueno para jugar. No eran aventuras independientes, no, por aquel entonces ya me había ganado el maldito “continuará” y las jornadas de juegos se convertían en episodios de una ambiciosa a la par que emocionante Space Opera.

Hasta el día en que, en un estúpido accidente en el parque junto a mi casa, me caí de un árbol y me rompí una pierna y un brazo. Y entonces el escenario de las aventuras de mis héroes espaciales se vio reducido a los exiguos límites de mi cama. Y no, no era lo mismo. Pero tenía las hojas de un cuaderno y un lápiz y decidí trasplantar allí las peripecias de mis airgam boys. Y así escribí mi primera novela. Infecta como ella sola, un cúmulo de despropósitos uno tras de otro y, para más inri, ilustrada por mí mismo de una forma que solo se puede calificar como espantosa. El argumento de la misma era bastante irrisorio: un ejército de malvados hombrecillos del espacio, capitaneados por su aun más malvado cabecilla se dedicaba a destruir uno por uno todos los planetas del sistema solar mientras un intrépido grupo de guerreros espaciales, trasuntos de mis juguetes, intentaba hacerles frente.

Pero así fue cómo comencé. Luego llegó la olivetti lettera 40 y una sucesión de novelas que no terminaban nunca que trataban los temas más variados: vampiros que vivían en una ciudad sumergida, un cementerio donde habitaba una criatura con la capacidad de dar forma a los miedos de la gente, una escuadrilla de pilotos de biplanos que velaban por la seguridad mundial y, cómo no, la secuela de esa abominable y dantesca primera novela.

A veces me pregunto qué hubiera sucedido si ese cinexín hubiera funcionado…

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